Cero, un libro de Mariana Alcántara

El cero que es todo y nada a la vez

Los niños pasan los primeros años de su vida haciendo la misma pregunta una y otra vez, disfrazada de mil formas distintas: ¿por qué? Por qué el cielo es azul, por qué las hormigas nunca se pierden, por qué hay que dormir, por qué el sol no se cae. No preguntan para llegar a una respuesta definitiva, sino para seguir empujando los bordes de lo que entienden. Cada "porque sí" de un adulto se convierte, casi automáticamente, en un nuevo "¿y por qué?".

© Mariana Alcántara

 

Es una curiosidad que no distingue entre lo grande y lo pequeño, entre el universo y un grano de arena. Un niño puede preguntar con la misma seriedad por el origen del cosmos y por el destino de un moco, y no le parece nada raro hacerlo. 

Con las matemáticas pasa algo particular: mientras más abstracto es un concepto, más atención despierta en los niños —no porque lo entiendan mejor que un adulto, sino porque no necesitan entenderlo del todo para empezar a jugar con él. No hace falta saber qué es un conjunto vacío para preguntarse qué hay dentro de una caja que no tiene nada adentro. No hace falta la definición formal del infinito para imaginar cuántas vueltas daría un carrusel que nunca se detiene.

Ilustración de Mariana Alcántara, del libro Cero

 

El cero es, quizás, el primer concepto verdaderamente paradójico que un niño encuentra en matemáticas: representa la ausencia, y sin embargo es indispensable para contar —sin él no existe el diez, ni el cien, ni el millón. Es nada, y está en todas partes. Un adulto tiende a resolver esa contradicción con una regla. Un niño, en cambio, la convierte en una pregunta mejor: si el cero es la nada, ¿por qué tiene nombre? ¿por qué se dibuja? ¿por qué ocupa un lugar en la fila de los números si ahí no hay nada que contar?

Esa curiosidad matemática infantil no razona con fórmulas, sino con imágenes: un agujero, un fantasma, una serpiente que crece sin fin. Y es justamente ese tipo de pensamiento concreto, visual, narrativo que el libro Cero toma como punto de partida, en lugar de corregirlo con una definición.

© Mariana Alcántara

 

¿El cero es un fantasma? ¿Es un pez? ¿Cuántos ceros tiene un millón, y mil millones? Si juntas suficientes letras O, ¿se forma un millar o un millón? Estas son algunas de las preguntas que dieron origen a Cero, el nuevo libro de Mariana Alcántara: preguntas que solo a un niño se le ocurriría hacer, y que resultaron ser las más interesantes de todas.

Portada Cero

Cero de Mariana Alcántara, 2026


Un número que se escapa por todos lados

Los niños tienen una habilidad particular para encontrar el cero donde los adultos ya no lo ven. Un ojal. Los huecos del queso gruyere. Una burbuja. La luna vista por una mirilla. El círculo de una naranja con sus semillas adentro. Para Mariana, esta fue la primera pista de cómo abordar el libro: el cero no es un concepto abstracto que hay que explicar, es una forma que ya está escondida en el mundo, esperando a que alguien la encuentre.

© Mariana Alcántara

Ilustración de Mariana Alcántara, del libro Cero

 

Por eso, Cero no enseña reglas matemáticas. Invita a una cacería. Cada página es una oportunidad para preguntarse dónde se esconde el siguiente cero: en el aro de una rueda, en la letra O, en un huevo, en los puntos de la letra i. El libro convierte algo que en la escuela puede sentirse intimidante —un número que "no vale", que es invisible, puro vacío— en un juego de búsqueda visual que cualquier niño puede ganar.

De las planillas de letraset a la teoría de conjuntos

La curiosidad de Mariana por el cero no nació en clases de matemáticas. Nació raspando letras. De niña, su papá tenía planillas de letraset: había que frotar cada letra para que apareciera, como por magia, sobre el papel. Cuando la hojita se terminaba, quedaba traslúcida y vacía. Pero no del todo: quedaba una textura irregular, un rastro, una forma fantasma de lo que había estado ahí. Lo transparente no tiene "nada", pero siempre hay "algo". Esa hoja vacía con memoria fue, sin que ella lo supiera entonces, su primer encuentro con la idea del cero.

© Mariana Alcántara

 

Las matemáticas llegaron después, y con ellas la teoría de conjuntos —su materia menos favorita. El profesor dibujaba un círculo en el pizarrón con números o letras adentro, y trataba de explicar con ese esquema tan simple algo tan grande como el universo o un agujero negro. Mariana se distraía imaginando otra cosa dentro del círculo: vaquitas, pastitos, un árbol pequeño. Le faltaba la historia. ¿Quién había prestado esos elementos?

¿Por qué se compartían solo algunos?

Ese recuerdo terminó siendo la semilla del libro: en vez de explicar el cero al pie de la letra, Cero propone jugar con él —con el círculo, el óvalo, el espacio positivo y negativo— hasta que cada lector encuentre sus propias preguntas, igual que ella encontró las suyas frente a un pizarrón.

© Mariana Alcántara

 

Ilustración de Mariana Alcántara, del libro Cero


Una invitación, no una lección

Si hay algo que Mariana quiere para los lectores de Cero, no es que memoricen una definición. Es que se queden, aunque sea un rato, atrapados en el laberinto del cero —ese lugar del que, una vez que entras, no querrás salir—. Que empiecen a ver círculos donde antes no veían nada: en un ojo, en una caja vacía, en la rueda de una bicicleta.
Esta es apenas la primera entrada de un libro —y un cero— que recién empieza su aventura. 


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