Entrevista: el origen de El mundo que soy

Desde las orillas del Caribe colombiano hasta las aulas de especialización en Barcelona, la trayectoria de Carolina Garzón Blanco es un viaje de exploración visual y narrativa. Diseñadora gráfica de profesión y especialista en ilustración narrativa por la Universidad EINA, Carolina ha dedicado su carrera a dar vida a contenidos para el público infantil en medios digitales, libros y proyectos de animación con un enfoque social.

Hoy, en Editorial Amanuta, celebramos el lanzamiento de El mundo que soy, su primer libro como autora integral con nosotros. En esta obra, Carolina no solo despliega su talento como ilustradora, sino que nos invita a recuperar la curiosidad a través de un relato poético que une el pasado precolombino con el asombro del presente.

Conversamos con ella sobre los museos que inspiraron sus trazos, la importancia de la mediación lectora y cómo su proceso creativo busca que los niños se sientan profundamente conectados con su propia identidad y territorio.

— El mundo que soy nace a partir de una visita al museo. ¿Cómo se transformó esa experiencia cotidiana en el origen de este libro álbum?

Fue durante una residencia de escritura creativa en la ciudad de Santa Marta. Yo había llegado con una idea inicial, pero un día, buscando aprovechar los espacios culturales, visitamos el Museo del Oro Tairona, dedicado al arte precolombino.

Me maravillé con las figuras; se despertó en mí una gran curiosidad, como una niña que abre por primera vez las puertas al pasado. Surgieron innumerables preguntas que podrían haber sido de cualquier niño o niña de hace cientos de años. Esas dudas se convirtieron en las primeras palabras de El mundo que soy. Durante el proceso de creación del libro, volví una y otra vez a museos como el MUSA en Bogotá, de donde provienen piezas que luego ilustré: instrumentos sonoros, urnas y objetos rituales que son vestigios de mundos antiguos más cercanos de lo que creemos.

— En el libro, las preguntas del niño son el motor del relato. ¿Qué lugar ocupan, para ti, las preguntas en la infancia y el desarrollo cognitivo?

Imagina descubrir que tienes dedos para sostener objetos o pies para moverte libremente mientras los árboles tienen raíces. Imagina preguntarte quiénes habitaron este lugar antes que tú. Cuando el entorno es tan vasto, hacerse preguntas en la infancia es inevitable.

Creo que los niños preguntan porque se saben seres fundamentales. Sus dudas buscan conectarlos con todo lo que ven. Para mí, cada pregunta es una forma de decir: existo. Los niños preguntan con espontaneidad; por eso considero vital dar camino libre a su curiosidad infantil, permitirles explorar el asombro y, de vez en cuando, dejar de cabeza el pensamiento.

— La figura de la abuela es clave. ¿Por qué elegiste ese vínculo para fomentar la lectura?

Esta abuelita es una cómplice: ha elegido llevar a su nieto a un museo para viajar al pasado y desafiar el tiempo. He elegido este vínculo porque el diálogo entre generaciones es clave en la mediación lectora. Como la mayoría de los abuelos, ella es un acervo de información ilimitado. La abuela acompaña y abre puertas; el niño pregunta y descubre. En ese intercambio, el pasado y el presente conversan.

— El libro propone que naturaleza y personas somos parte de una misma historia. ¿Por qué era importante transmitir esta educación ambiental y ancestral hoy?

Porque es valioso recordarnos como un ecosistema teñido por la historia. Los antiguos taironas, con sus seres híbridos como el hombre murciélago, representaban la transformación y la estructura del universo. Se veían como seres mutables: un animal era gente y la especie un envoltorio. Si ellos reconocieron esa conexión hace cientos de años, ¿en qué momento lo olvidamos? El libro busca recuperar ese mensaje para el presente.

— El lenguaje del libro es breve y poético. ¿Cómo trabajaste el texto para hacerlo accesible en la literatura infantil sin perder profundidad?

Confiando en la poesía. Quería que el texto tuviera la sencillez de una conversación real, con respeto y asombro, dejando la puerta abierta a nuevas dudas. Es un ejercicio de narrativa para niños que busca la esencia.

— Las imágenes tienen un carácter onírico. ¿Qué rol cumplen las ilustraciones en el relato?

En El mundo que soy, mi segundo libro ilustrado, quería que los dibujos tuvieran una voz más activa y aportaran una dimensión poética a las imágenes mentales del texto. Aquí, las ilustraciones son el vehículo del juego; aportan información adicional y permiten que el pequeño lector establezca sus propias relaciones. Espero que este lenguaje visual abra la puerta a nuevas conexiones.

— ¿Qué tipo de conversaciones esperas que se abran en familia después de la lectura?

Me gustaría que el libro despertara la búsqueda de relaciones en la vida cotidiana. Que los lectores descubran rasgos propios en lo que los rodea y se pregunten por las conexiones que compartimos con otras formas de vida: lo parecidos que somos a una abeja, a un río o a un árbol.

— Si tuvieras que resumir el corazón de este libro en una frase, ¿cuál sería?

Te propongo dos:

  • "Todo museo es una puerta".

  • "Todos somos un pedacito de universo".

 

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